Wednesday, 06 May 2020 20:37

Más allá de la pandemia

Written by Nubia Marlene González
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Las primeras memorias que tenía de niña acerca de la muerte eran aterradoras, la veía como algo oscuro y terrible, y cuando recibía noticias del fallecimiento de alguien pensaba siempre que era uno de mis abuelos, o de los más grandes de la familia, asociaba que esto les ocurría a los viejitos, a las personas mayores, pero nunca a un niño o un adolescente.

Con la mente limitada de una niña me imaginaba que por ser tan viejitos ya era la hora de partir al cielo y estar con los angelitos pero no dejaba de darme miedo y pensaba como sería morir, era niña y mi imaginación me llevaba a recrear el cielo como un lugar donde se encontraba un señor grande  y  amoroso llamado Dios, recibiendo a todos los que llegaran junto con sus ángeles.

Creía en el cielo como el lugar más hermoso y mi sentido de eternidad era muy efímero pero con el tiempo y al volverme adulta, comprendí de que se trataba, ahora la veo como el fin de mi existencia, pensar que es más importante cómo llegaré a ella ha determinado como vivo aquí y ahora, sabiendo que todo lo que haga tendrá resonancia en el cielo.

Soy consciente que volveré al Padre, aquel Ser que tiene el Poder de crearlo todo con su Palabra y nos ha dado este planeta llamado Tierra para que lo administremos en debida forma, y que en ese momento ante Su Presencia al responder qué hice con lo que me dio, yo pueda decir que hice la mejor tarea posible ¿qué responsabilidad tan grande, verdad?

Hay algo de lo cual todos debemos tener certeza y es que vamos a morir, ¿cómo, cuándo?, no lo sabemos, y esto es lo que menos nos debería importar. Lo que realmente importa es lo que hacemos con nuestra vida mientras la tenemos, el saber para que estamos aquí y cómo vamos a usar el tiempo que tenemos es lo trascendental, ya que, éstas cosas determinaran las coronas que vamos a recibir al llegar al cielo.

La muerte no tiene edad, ni género , ni nacionalidad, ni color y no solo es para los enfermos de gravedad, o personas mayores como lo pensaba de niña; esa realidad la viví con la muerte de mi hija de 16 años.

Esos pensamientos de niña se vinieron abajo al enfrentarme con la partida de mi hija adolescente, uno de mis seres más amados, a pesar de que siempre hemos creído que serán nuestros hijos quienes nos despidan primero y no nosotros a ellos. 

Cuando vives esta realidad, te enfrentas a sentimientos que pueden llegar a hacerte perder la esperanza, los sueños, la motivación y adentrarte en un dolor tan grande que piensas que no podrás salir de ahí; pero no es así, hay esperanza cuando te arrojas a los brazos del Padre, recibes consuelo y te das cuenta que la muerte no es el fin.

Lo único cierto es que no importa la edad, la posición, los títulos, las riquezas, todos vamos a partir y cómo asumimos ese paso hace la diferencia.

El dolor de la pérdida puede llevarnos a adoptar varias posiciones, ó, nos llenamos de ira y rencor contra la vida, ó, nos humillamos ante nuestro Creador y reconocemos que necesitamos de Él para sanarnos, y de esa manera poder seguir viendo el futuro con esperanza enfocándonos en la meta, teniendo la firme convicción de que algún día volveremos a ver aquellos que partieron primero.

Ninguno se imaginó que el 2020 sería un año donde el ser humano se vería amenazado por un enemigo microscópico pero mortal, que trajo temor, nos encerró en nuestras casas, afectó la economía mundial en todas las esferas, que no distinguió fronteras, clases sociales, edades, géneros, razas, creencias, nada.

Los planes que se proyectaron, las empresas que se iniciaron, los sueños que se escribieron, las metas que se plantearon, ¿dónde van a quedar con esta pandemia? ¿serán solo propósitos sin realizar? son las preguntas de muchos, sin embargo pienso que no será así. Esta situación trae la oportunidad de reinventarnos, de volver al diseño original, de colocar las cosas en orden, de valorar la vida que tenemos ahora, de apreciar las personas con las que interactuamos a diario, de abandonar la queja, de cuidar el medio ambiente, de ser concientes de nuestras emociones, de sacar aprendizajes, de hacer cosas que antes por el afán del día a día dejamos de hacer, de ocuparnos de nosotros mismos, en fin, todas las que se nos ocurran y no las haya plasmado aquí.

Es tiempo de volver al Padre, al Creador, al principio universal del amor, de dejar nuestro orgullo, mirar con ojo crítico quienes somos y ser humildes, replantear nuestras relaciones y prioridades, proyectar sabiendo que nuestras metas están en Sus manos, cuestionarnos para qué estamos aquí y cuál es nuestro propósito eterno y buscarlo. En este tiempo de pandemia donde todo es tan incierto, la fe de que vamos a salir de esto debe ser real y nuestro soporte, tener claro que dependemos de Dios y que Él es nuestra esperanza nos permitirá ver el futuro de manera diferente.

Cómo vamos a salir de esta crisis depende de cada uno de nosotros, si la prueba saca lo mejor o lo peor, si vamos a dejar que nuestras emociones nos controlen y dirigían el barco de nuestras vidas, o buscamos al Eterno para ser mejores madres, padres, hijos, esposas, esposos, líderes, empresarios, o sea cual fuere el rol que tengamos.

Es tiempo de salvar nuestro planeta que nos está reclamando a gritos que lo dejemos respirar, fluir y recuperarse. Es tiempo de compartir más nuestras creencias, la vida nueva que tenemos y quién nos la ha dado, es hora de dejar de avergonzarnos de quienes somos, y hacer buenas obras, de ayudar al necesitado, de plantar, construir, restaurar,  crear, dar, poner nuestros dones y talentos al servicio de nuestros semejantes en lugar de esperar a ser servidos.

Es la oportunidad de no pensar en la muerte como el fin, si no como el comienzo de la vida eterna, ver la vida como el mayor tesoro que tenemos, pues lo cierto es que cuando salgamos de esto no seremos iguales, todo habrá cambiado allá afuera y debe haber cambiado en nuestro interior.

No se puede negar que es una situación dificil y retadora, todo se ha parado para que nosotros también lo hagamos y decidamos si vamos a seguir igual corriendo tras el viento llenos de afán, sin tiempo, angustiados, desesperados por tener más posesiones, fama, poder, reconocimiento, o, valoramos el hoy, lo que, y a quienes tenemos, porque no sabemos cuánto tiempo seguiremos juntos, nadie conoce el día y hora de su partida, pero esto no nos puede paralizar para no seguir avanzando, soñando, planeando… o simplemente seguir viviendo.

Cada uno de nosotros decidiremos si vamos a ver el futuro con esperanza, o nos hundimos en la desesperación y la angustia, si somos resilientes así las noticias sean nefastas, o si damos nuestra mejor sonrisa a pesar de las dificultades, o si sentimos compasión por el que sufre y miramos como aliviar su dolor, o si actuamos ahora en favor de los demás o ignoramos su situación.

Es tiempo de ayudar como nos nazca porque afuera hay corazones endurecidos, sin esperanza, llenos de heridas y cicatrices, que esperan las buenas nuevas y encontrar paz, necesitan conocer al Padre y a su Enviado.

Mi pregunta es: ¿Seremos nosotros mensajeros de las buenas nuevas y manos amigas frente a la necesidad?, los insto a que así sea y brillemos en medio de esta oscuridad llamada Covid-19.

Y cuando todo esto haya pasado, porque pasará, hayamos fortalecido nuestro carácter y relación con Dios, hayamos sido un pilar para el fortalecimiento de nuestras familias y entornos, tengamos un sistema de principios y valores reestructurado que nos haga mejores administradores, haciendo de este planeta un mejor lugar para nuestras generaciones, como ha sido nuestra responsabilidad desde el principio.

 

Escrito por

Nubia Marlene González

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